13/9/16

[Vuelva usted ahorita]

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal… a la hueva. Cuando uno comete la osadía de pretender organizarse el tiempo en México y le llaman de Migración para renovar papeles, la flojera que uno siente es inmensurable. Más si trabajas en varios sitios y en tu agenda no hay espacio para la improvisación. Pero no, no pretendo entrar tampoco, como ya se escribió hace tiempo, en largas y profundas investigaciones acerca de ese pecado. Aunque el escenario sea el mismo (funcionarios y un extranjero), los tiempos son otros. Además, qué pereza escribir sobre la hueva, ¿no?

Texto íntegro en Planisferio

5/9/16

[En la mera esquina]

El camión de la basura pasa por mi calle tres veces a la semana. Nada fuera de normal. Salvo mi pequeña rutina: antes de bajar, oteo la esquina (el lugar de la recogida) para ver si el resto de vecinos ha amontonado ya sus bolsas.

Tarea no tan fácil; mis obstáculos son la oscuridad de la noche y el reducidísimo campo visual que me deja la loca maraña de cables del poste de luz. No consigo ver bien (¿habré perdido vista?) y, justo cuando asomo medio cuerpo más allá del alféizar, el perro de enfrente suelta su primer ladrido de la noche. Oído. Ya es hora de bajar; otra cosa no, pero a ese animalillo en puntualidad no le gana nadie. Dicho y hecho.

Texto íntegro en Planisferio

29/8/16

[Puras babosadas]

Suelo desplazarme en camión por muchas razones: seis pesos es un precio razonable (la rumorología habla de una eminente subida); me permite escuchar conversaciones locales y ampliar mi lista de palabras nuevas; una vez que conoces las rutas y paradas (tarea nada fácil), es más cómodo; y, sobre todo, evito practicar ese deporte nacional que aún no me convence: el regateo. Cada vez que tengo que tomar un taxi, toca pelear por el precio justo. Y se repite siempre la misma operación.

No, amigo. Voy a Reforma con la 19. Si subes por la 11 hasta la 3 Poniente, son cinco cuadras. No son más de cuarenta pesos.

El taxista de turno suele sonreír y, por mucho que intente sesear (a veces funciona), se nota a leguas que no soy mexicano. En otras palabras, me toca aceptar mi tarifa especial. Eso sí, el precio acordado ya no se duplica (algo es algo) y, ante la desesperación de tener que esperar a otro taxi, repetir la operación y ver que el tiempo se me echa encima, no queda otra que subirme y aceptar las condiciones pactadas. Y, en cuestión de segundos, surge la eterna pregunta sobre mi origen.

Sí, de Madrid, pero llevo tiempo en México. Y no, no le voy a ningún equipo.

Texto completo en Planisferio.