5/7/16

Qué palabra tan rara. Me gusta que tenga una eñe, eso sí. A pesar de que sea artificial; los fenicios, y luego los romanos, no la escribían así. Obvio. Estos días se escucha mucho. España. Y me llama la atención ese choque fónico de lo fricativo y oclusivo de sus consonantes enfrentadas. De ahí que se pronuncie de formas tan diferentes. Es lo bueno de tener tantos idiomas y variedades dialectales en este país. Imagino. Su significado, que es lo que me interesa, es complejo y extraño y tiene una carga semántica emocional increíble, según quién la pronuncie y desde dónde, claro: normal, por otro lado, con cualquier palabra que nombre a un país y , por ende, a su selección deportiva. Y cuando se busca la vida en otro país y se es de España, uno se ve obligado a usar el sustantivo por pura educación (qué manía por preguntar el origen) y, claro está, a improvisar ese vínculo emocional. Y, para qué engañarme, cada vez me suena más lejana. Y me cuesta más. Es raro. Y me gustaría tener una respuesta. Y más ahora que este mes estoy de paso en… España.

Llevo un buen rato haciendo el ejercicio de repetirla muchas veces, muy despacio. A nivel fónico, me resulta cada vez más incómoda. Sobre todo porque, sin querer, se rompe por donde no debe y me quedo con la idea de algo abstracto que no entiendo que es la paña y, como sigo repitiéndola sin parar y no sé lo que significa, el subconsciente me obliga colocar en su lugar palabras que sí comprenda. Automáticamente el cerebro coloca partículas al ya de por sí falso sufijo, para salvar el sinsentido de esa falsa paña, antes de que convierta en baña o faña, que sí son algo. Así, acabo escuchando de mi boca palabras como empaña o espadaña, que derivan en engaña o legaña, se transforman en entraña o huraña, me descubren cucaña o castaña… y así hasta el infinito.

Sigo igual que antes.

Texto completo en Planisferio

5/6/16

En Madrid la primera sensación es extraña. La ciudad que me recibe (la que me vio nacer y crecer) es ahora un lugar nuevo para mí. Ayuda, claro está, no tener, a día de hoy, ni casa ni trabajo en la capital. Y que la familia haya optado por otras ciudades o países para vivir, claro. Y paseando en modo turista, uno se topa con las casas o los viejos barrios (viejos) y recuerda los antiguos hogares, desde los más céntricos y pobres (tipo juntas auxiliares), hasta las lejanas colonias fresa de la periferia del noroeste (tipo Angelópolis), donde pasé buena parte de mi adolescencia. Casi veinte casas que han sido testigo de mi paso por un ciudad que, efectivamente, sigue teniendo algo único e indescriptible, aunque ya no sea mi hogar, sensu stricto. 
Para empezar la luz. Si bien aquí el cielo es distinto (no se percibe tanto la bóveda celeste), la luz del atardecer y los colores que a uno le observan desde arriba son impresionantes. Y eso que Madrid es muy bajita: no llega a 700 metros del nivel del mar. Según la leyenda, pienso en la escultura diabólica del Retiro, a 666 exactamente. 
Algunas calles, sorprendentemente vacías, muchas analogías con CDMX y el primer contraste: lo limpio y ordenadito que está todo. De pronto, valoras cosas nuevas: que las aceras estén sin apenas hoyos, baches y demás trampas viales; que el agua de la llave salga limpia y potable, que puedas caminar distraído (hasta por el intercambiador interminable de Embajadores) a altas horas de la madrugada sin preocuparte por tu seguridad o incluso el descubrimiento de un silencio extraño, ya que uno recordaba más ruido. (He de decir que esta vez fue un domingo y no pasé por Gran Vía o Malasaña, y que Madrid tiene tantas caras que en tres días no da tiempo a nada, la verdad). 
Por la contra, el primer choque es el transporte: 100 pesos el Metro desde el Aeropuerto; casi 40 el Cercanías o incluso el autobús (aquí no hay peseros) y salir a las afueras (tomé el tren a Villalba), casi 200 pesos ida y vuelta. Ahí es nada. Toca hacer el cambio y darse cuenta de lo caro que es todo. Aunque bueno, los sueldos aquí son mayores, así que… Sé que generalizar no es buena cosa, eso por descontado, pero en Madrid casi todo el mundo está de paso y, "en general", sí notas el cambio viniendo de Puebla. De pronto, reconoces muchas de las no-miradas, cómo se evita el contacto físico en los espacios públicos, la velocidad y el volumen de nuestras conversaciones… o la queja constante, que ésa es otra. Y sí, amigos, sí que es cierto que parece que estamos enojados permanentemente. Aun así, y eso es lo bueno de Madrid, que para gustos, colores. 
Lo bueno de haber estado acogido entre las Águilas y Aluche (la zona de Carabanchel Alto, barrio obrero del sur) es haber podido encontrarme con el otro Madrid: el de barrio, con sus ancianos echando la mañana en sus bancos, con sus parpusas de rigor; la chavalada escapándose de la escuela en las horas del recreo para fumar su cigarrillos furtivos; los bares típicos donde la gente toma sus cañas, lee la prensa deportiva; y, mientras una televisión escupe el debate político del domingo (en junio aquí también estamos de elecciones), justo debajo de la pantalla, un tipo muy grande se enzarza verbalmente con el mesero porque no le presta dinero para la máquina tragaperras y que sí, que, según jura y perjura, luego se lo devuelve, pero necesita cobrar su premio. Ni modo. ¡Venga, coño, Angelito, no me jodas! Mientras, uno observa con su bocata de jamón serrano, la tapa de tortilla y la cañita tirada con la espuma justa, muy al estilo de Chamberí: barrio señorial donde, probablemente, se tiren las mejores cervezas de Madrid. 
Visitas a amigos y a conocidos (ya se cuentan, felizmente, con los dedos de una mano), entrega en Puerta de Toledo de ejemplares de "2084" (la chulísima antología de ciencia-ficción en la que participo), picnic en El Retiro con cumpleaños incluido (nuestro maravilloso pulmón verde) y noche larga (con amanecer incluido) en el circuito de bares (casi familiares) de Lavapiés, la barriada multicultural de Madrid… que encontré, por cierto, más tranquila que otras veces. 
Visita relámpago, sí, pero de mucha plática (aunque aquí no ocupemos ese término), reencuentros selectivos y, antes de irme, caminata solitaria por el paseo del Prado y la Castellana (de Atocha a Bernabéu) para recoger, por fin, los ejemplares de mi libro. Vaya edición más chula. El lugar de la recogida fue, además, muy especial (no por el fútbol, que a mí ni me va ni me viene, sino porque allí mismo se fraguó y obtuve mi primer poemario en casa de un gran amigo que ya no está). En unas semanas toca volver y presentarlo. A ver qué tal. Hasta entonces, a la costa mediterránea (tocan “apapachos de mamá”), ya que Denia, a efectos prácticos (y legales), es donde vivo hasta que se demuestre lo contrario. 
Seguimos, que no es poco. 
Que pasen una estupenda semana.