24/12/08

Antes los relojes no me daban miedo;
pasaba las noches buscando clepsidras
en los diccionarios gigantes de casa
(ay, con qué facilidad he escrito casa).
Yo entonces odiaba a todos los egipcios
por haber creado relojes de sol;
son muchos años sin parar de contar.
También recuerdo los relojes de péndulo,
pero la gravedad no me interesaba;
la paciencia es la virtud de los cobardes.

Puestos a jugar, que era lo que quería,
mis preferidos siempre eran los de arena:
la calma era la tierra entre dos cristales.
También me gustaban los de leontina,
pero era pronto para llevar chaleco.
Hasta que llegó el más horrible de todos:
el maldito despertador de mis sueños.
Los minuteros siguieron con su tic
y el mundo fue una pelota con agujas.

La muñeca no podía esperar más
y en un cumpleaños que ya no recuerdo
mi padre me regaló uno que era enorme
(lo único que me gustaba era la brújula
que descubrí al levantar su gran esfera).
Y era verdad, sí: tú eras el regalado.
Pero me robaron pronto: tuve suerte.
Por eso me propuse parar el tiempo
con el reloj que vino poco después.

Antes sabía cómo parar el tiempo:
sólo tenía que levantar la rueda
(tan fácil como levantar una rueda)
y era el niño más feliz de la galaxia.

Running out the clock, time standing still

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Cortázar?

Anónimo dijo...

¿ya no es la paciencia la virtud de los cobardes?

pablo medel dijo...

Me temo que sí. No ya porque no me interesen los héroes, sino porque la etimología es muy bonita; coincide con cosas médicas. El paciente es literamente "el que sufre". ¿Quién sufre más un cobarde o un valiente?

pablo medel dijo...

Ah, y sí, ese final de verso es el final de cuento del amigo Cortázar.

Perla dijo...

me está naciendo una particular afición por las frases que pones al final, en inglés.

gracias, Mr. Medel.

[yo no creo en los relojes]