28/12/08

Yo antes no lo hacía así;
me esforzaba por guardar
lo que yacía en el fondo,
feliz, en la superficie.
Buscaba lo más difícil,
me enfrentaba a lo imposible
y al final todo quedaba
en un mal truco de magia.
Barajaba los recuerdos
e inventaba otros finales
deshaciendo aquellos nudos,
pero ya no puedo más.

Se termina el espectáculo;
los niños me han descubierto.

Y no les falta razón:
no soporto el guante blanco,
no creo en los trajes negros,
el dado se tiró mal,
aquí no hay varitas mágicas
ni el dolor desaparece;
el trilero se ha fugado
con la estúpida lechuza
y ahora no hay nada en la cesta.
Odio tanto a las palomas,
casi como a las chisteras,
que las quemaría a todas
por tramposas y cobardes.
Al final, todas las cartas
(y no estaba planeado)
seguirán ardiendo solas
sobre el dichoso tapete.

El número estrella de hoy
está fuera de contexto:
el prestidigitador
está mal de la cabeza,
no va a ilusionar a nadie
con su trampa solipsita.

Me bajaré ahora las mangas,
tan despacio como pueda,
y, mirándote a los ojos,
te diré que esto es mentira,
que versar sólo es dar vueltas
y yo de giros no entiendo.

Por favor, que nadie aplauda;
me lo tengo merecido.

I've been deceived by the clown inside of me

3 comentarios:

Rafael dijo...

Pues no aplaudiré; pero no podrás evitar que relea, admirado, lo que has escrito. El final acaba por dar sentido a todo el resto, magnífico.

Jose Zúñiga dijo...

Impecables octasílabos. Y también implacables.

Jose Zúñiga dijo...

Aplaudo la corrección métrica. No recuerdo en qué verso...