1/5/09


Difícil. Qué difícil resulta adentrarse en las páginas de este poemario intentando soslayar a su autor: Leopoldo María Panero (Madrid, 1948). Y no porque nos estemos zambullendo en la biografía de un poeta de carne y hueso (que también), sino porque la línea que separa lo real de lo ficticio, o viceversa, es casi imperceptible.

Desde su aparición en la antología de los novísimos de Castellet (Barral, 1970), Panero ha ido amasando y dando forma a una obra poética inclasificable, marginal, alejada de todo tipo de etiquetas, tendencias, movimientos… Como bien señala el gran estudioso de su obra, el profesor Túa Blesa, nos encontramos ante una poesía “escrita a espaldas del sistema”. Y éste sea quizá un buen punto de partida para arrancar este agónico viaje que se nos muestra a cada paso más escatológico, más subversivo y, si quieren, más soez.

Dos palabras. Si hay dos palabras que pueden definir La danza de la muerte (y, por otro lado, la tónica común de su obra) son quizá la autocontemplación y la subsiguiente autodestrucción. Panero, como un Narciso de nuestros tiempos enfrentado ante un espejo desquebrajado, huye de lo que ve y reacciona escupiéndose e insultándose con la única cuita de romperse en pedazos y dar así fin al sinsentido de su vida que, al leerla nosotros, nos salpica en la nuestra propia.

Incómodos. Así nos sentimos cada vez que leemos un fragmento de su obra. Y no porque nos afecte la locura real del poeta (que también), sino porque el lenguaje que se nos presenta nos pringa de sus heces, nos orina y nos lanza esputos. No ha de extrañar a nadie que palabras aparentemente alejadas de la aureola poética acaben aterrizando en las páginas de este libro. Y cuesta, realmente cuesta. No es fácil enfrentarse ante versos en los nos tropezamos una y otra vez con pollas, heces, semen, pedos e hijos de puta. Pero a nadie, por otro lado, ha de extrañar. Panero es que aquel que escribía “yo soy el que mis heces/ tallé de la piedra los versos” o ése que escuchaba atento si se “le besaba suavemente el túnel de su ano”.

Referencias. Desde el propio título hasta el último poema. El discurso literario del autor de Contra España y otros poemas no de amor (contemplación y destrucción de uno mismo) está repleto de guiños, complicidades, pistas, testimonios que no hacen sino exigir al lector su máxima atención. De no ser así, la reacción inmediata quizá sea de incomprensión, asco y abandono. Reacción por otro lado lícita, ya que ésa no es sino otra de las intenciones de esta obra. No es casual que la cita con las que nos abre las puertas de su peculiar infierno (texto que adquiere la rudeza de una aldaba de hierro) sea de Mallarmé, poeta cuya obra podríamos resumir apresuradamente en tres palabras: brevedad, oscuridad y exquisitez formal. Aspectos que marcarán la forma y el contenido de lo que se nos avecina. Así, lo primero que leemos es ese “caballero de la negra armadura, ah, Tennyson /contra la muerte/ marchando sobre el poema como si marchara/ sobre el filo de una espada”. La muerte de su cuñado y amigo, Hallan, afectó tanto al poeta victoriano Alfred Tennyson que dejó de componer durante nuevo años, hasta que se publicó su In memóriam, poema elegíaco cuya primera parte (y aquí nada es casual) se tituló Desesperación. El ritmo y el tono con el que parte su andadura Panero está claro. Tanto, que el autor al que pronto citará será a Dante. La primera parte de La divina comedia es más que explícita: Infierno. Salvo que aquí no hay virgilios ni beatrices, sólo crueldad, dolor y soledad. Tampoco han de pasarnos desapercibidas las apariciones de los poetas August Strindberg (“Ah Strindberg del silencio/ mosca que vuelas sobre el papel”), Paul Verlaine (“y el pájaro llora [Verlaine dixit]”), T. S. Elliot (“Cruel más que un ciervo/ y más que abril is a cruelleset month”) o, entre otros, la presencia del poeta y filósofo italiano de la canción Donna mi prega, Guido Cavalcanti. Para más señas, amigo de Dante.

Nada parece casual. En primer lugar, el lamento dirigido al poeta sueco del expresionismo moderno que adoptara en su momento las ideas del súper hombre de Nietzsche. Strindberg, autor no sólo de La confesión de un loco o el psicológico Infierno, firmó su obra maestra a la par que nacía el siglo XX. El título de aquella pieza dramática, si recuerdan, es el mismo que da título a este poemario: La danza de la muerte. Por otro lado, la referencia al poeta de Cordura y padre de, entre otras cosas, el decadentismo y presimbolismo. Verlaine escribió parte de su obra en prisión tras haber disparado a Rimbaud. Panero fue encarcelado por tráfico de drogas, descubrió en prisión su homosexualidad y ha pasado media vida recluido en un manicomio. Como decíamos, nada parece casual.

La vida. “La vida es una canción estúpida/ que se repite día a día/ diciéndome al oído: soy absurda”. El poeta inicia su escatológica danza frente a “esa flor sucia”, frente a “esa babosa”. Por eso opta por “componer con heces una balada”. Que más que balada, parece ser un gemido aterrador, estridente y desafinado. “Not a bang, but with a whimper [no con un estallido, sino con un sollozo]”. Con poco más de cuarenta poemas se construye este lamento terrorífico en donde se vapulea no sólo la existencia de Dios, sino la propia vida, esa “pesadilla que nunca termina”. No hay aceptación posible. Nada vale. Hay que construir todo de nuevo e intentar buscar una salida. Incluso volver a nacer, si es necesario. “Oh, niño que despierta, niño/ acostumbrado al dolor/ como si la vida fuera inventada/ sólo por el dolor”. ¿Qué es lo primero que hace un niño al nacer? Lo mismo que Panero: llorar tras la recibir la palmada de la vida. Por eso “son los poemas como lágrimas/ ofrendadas a la nada”.

Recuerdos. “No perdonan los recuerdos”. He ahí el gran tormento, el sinsentido del presente que una y otra vez es cuestionado, negado e insultado. Parafraseando a su propio padre, Panero insiste: “Tengo frío, padre, tengo frío”. Como un bebé desprotegido, el poeta de Narciso en el acorde último de las flautas se muestra desnudo, desprotegido, abandonado e, irremediablemente, acaba por volverse loco. No sorprende, pues, que pretenda vivir “seduciendo a Dios, a Cordelia/ con el aroma atroz de mi destino”. El guiño shakesperiano nos aclara su postura. Igual que Cordelia, la hija menor del enloquecido rey Lear, Panero se cuestiona la autoridad de su padre desequilibrado y se resiste a ofrecer algo de lo que, al menos en este poemario, carece: amor. “Estoy como tú [se dirige a Dios] atado al álamo cruel de la locura”. Dios, al que niega pero a la vez acepta, del que se mofa pero con el que a su vez se identifica, parece ser el único culpable de “esta pesadilla”.

Miedo. “Tengo miedo de vivir,/ la vida me asusta, la muerte no”. El desasosiego de Panero parte de ahí. De ese “miedo terrible de existir/ en pie contra la nada”. La vida se convierte en una “tempestad”, en “la voz de la tiniebla”. Por eso, el miedo irrumpe en escena y tiñe de rabia y dolor la voz del niño, del hombre, del poeta. Pero no se calla, no abandona, no se doblega. Panero se yergue como “una erección sobre el papel en ruinas” que “arroja/ al barranco una gota/ de semen blanco, en que se dibuja/ el único porvenir y la única vida posible:/ la de la inmundicia, la del pedo/ cruel de existir contra la vida, contra el/ tiempo y contra Dios, que tiene/ miedo de la vida”. Así, la vida se reduce a una espera. Y mientras dure la espera, sólo encuentra un motivo para seguir vivo, para seguir siendo un “hijo de puta en el centro exacto del hormiguero”: la poesía, “la única verdad de la pesadilla”.

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