21/7/09

Me siento en una silla de plástico. Detrás, una pared de buganvillas naranjas que trepan. Hay una piscina hinchable debajo de la higuera. Dentro, dos niños de sonrisas mojadas. Me miran. Me llaman. El calor ya no es tan húmedo. Y el olor de las sardinas me retrotrae en el tiempo. Os recuerdo a todos sentados en otras sillas. Y, por la noche, la precisión de la cuchara de fuego. La mano rociaba de aguardiente el barro cocido y alguien declamaba, siempre en broma, el conjuro.
Ahora, los niños se acercan. Se abrazan a mis piernas. Quieren venirse conmigo. Y uno me pregunta que si cuando él tenga mi edad, yo estaré muerto. ¿Por qué yo no hacía preguntas?
Debajo de las sábanas, hacía frío y tenía miedo, supongo. Por eso lo de la magia. Y el número estrella siempre era el de la cuerda. Pero la mano del mago no era la mía, era la del fuego. No quiero ser el atado. Yo quiero ser la cuerda.
En la mesa hay un vaso de horchata y fartons. Hubo una vez que comía percebes como palomitas.
Y ahora hay otra mano, más pequeña, que se agarra a la mía y me pregunta.
Aquí nunca anochece y hay un pájaro raro que vuela sobre la antena.

4 comentarios:

e. dijo...

Me encantaría poder subrayar la pantalla.

Jose Zúñiga dijo...

Bucólico te veo. Y melancólico.

isabel dijo...

por eso la magia. claro que sí.
qué cosa tan repreciosa

Anónimo dijo...

me encanta que salga de vez en cuando un pájaro y una antena por los restos del rupturismo..


reme