8/8/14

No soy yo: completo la primera fila del tablero y, a medida que coloco los ocho trebejos blancos en la primera fila, se completa la escala de do. Las dos torres son las tónicas. No hay más que contar los escaques: la reina está en cuarto grado y el rey, en quinto. Tiene sentido que sea así. Las piezas tienen su propio valor: los caballos están en  re y en si; los alfiles, en mi  y en la. Al formar la barrera de peones consigo deshacer la notación musical y puedo empezar la partida sin más distracción, aunque a veces mezcle sin querer las cosas y acabe haciendo un ataque de fa sostenido menor de blancas con el que clavar a los res de negras o, y así pasa con los primeros movimientos, me enfrento al dilema del peón ante la doble posibilidad de captura. Según la diagonal por la que opte, se construye el nuevo acorde con el semitono elegido y, a veces, tan fuera de la armonía, que me lleva tiempo volver al tono de apertura.

Chopin se pasaba horas jugando en el Café de la Regencia, la cuna de los ajedrecistas del diecinueve. Y al parecer le funcionaba. Dicen que Schumann, tras su intento de suicidio, combatió sus últimos años de locura romántica pegado a un ajedrez. Aunque, bueno, en su caso fue en un sanatorio y con la obsesión de un la infinito que le taladraba los oídos día y noche. Igual no le ayudó tanto. Schönberg fue más allá: amplío las dimensiones del tablero e inventó su ajedrez dodecafónico para cuatro jugadores. No sé. Lo único que tengo claro es que, salvando las distancias (son tantas, obviamente, que sería ridículo marcarlas), una vez pasada la primera fase y metido de lleno ya en el medio juego, consigo olvidarme de lo que estaba haciendo. Cuando el rey deja de ser un sol, toda mi atención ya está pendiente de la siguiente jugada. No tengo ninguna presión por ganar o perder. Hay partidas que pueden durar días. Me siento en el sillón, analizo la última jugada y me quedo un buen rato pensando qué estrategia será la más adecuada para el siguiente movimiento. Como el contrincante soy yo mismo, imagino qué respuesta me daría: el objetivo, claro está, nunca es llegar al jaque mate. De hecho, las partidas consisten en todo lo contrario: tengo que aguantar lo que haga falta para que se no termine el juego. Si no, volvería a ser yo y tendría que volver a empezar otra vez. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

;-)