4/11/15

Y llegó el mes de la muerte; el anterior fue de la patria. Durante estos días, los amigos poblanos han estado armando los altares para las tradicionales ofrendas a los muertos. Toda la ciudad aún huele a cempasúchil: la flor anaranjada de los veinte pétalos con las que los mexicas cubrían a sus muertos, allá por el siglo XIV. Y, en efecto, ha sido imposible no cruzarme con cientos de caminos florales que te arrastran sin querer hacia los infinitos altares. Y ahí está el papel picado de colores, la cruz de cal, el platito de sal, el copal, el izcuitle de los niños, las velas, la fotos de rigor o el banquete de cañas de azúcar, pan de muerto, tortillas, frutas, dulces de calabaza… para disfrute simbólico de los que, al parecer, nos han visitado estos días. La pregunta: ¿hacer yo una ofrenda? La propia tradición resolvió mi duda; tiene que cumplirse un año entero para que los que se fueron completen su viaje hacia al Mictlán. Si seguimos aquí, ya toca para el siguiente año. Pero no nos adelantamos; recién cumplí un mes en los Estados Unidos Mexicanos. En la tierra del "ahorita", la noción del tiempo (como de tantas otras cosas) está a años luz de nuestra vieja concepción europea. Ea.









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