18/11/15

Y llegó el 20 de noviembre. Aquí también fue fiesta. Nada que ver con las efemérides fascistas de España: la república en la que habito conmemora el inicio de la Revolución mexicana de 1910 que, dicho sea de paso, empezó dos días antes en Puebla con los hermanísimos Serdán. Además, se celebró el Buen Fin (emulación consumista del famoso Black Friday que celebran los otros norteamericanos). Conclusión: llegó el primer puente y, como tenía pensando, el esperado tiempo de desconexión. Dicho y hecho. ¡Adiós a la chamba! ¡Bienvenido sea el movimiento!

En la CAPU (la estación de autobuses) tomé el primer camión rumbo al mar más cercano: Veracruz, vía Xalapa (la capital). En casi cinco horas se recorren los 276 kilómetros que me separan del Golfo de México. Sí, las distancias engañan: México ocupa un espacio de cerca de dos millones de kilómetros cuadrados. El caso: llegué tarde y de noche pero, gracias a la amabilidad jarocha, conseguí habitación por los pelos muy cerquita del bulevar. Objetivo conseguido.

La mañana la ocupé en visitar la ciudad, aunque el viento y la lluvia modificaron mis planes vespertinos; pensaba ir a Chachalacas. Y al día siguiente, baño mañanero a casi treinta grados, con su chela de rigor. Faltó probar el torito boqueño, pero son tantas cosas nuevas que uno corre peligro de caer redondo por sobredosis de estímulos. Y sí, por si alguien se lo preguntaba: Veracruz es muy distinta a Puebla. Aquí no huele tanto a maíz, sino a cacahuate. Los jarochos hablan más deprisa pero son mucho más pausados (¡vivan los contrastes!). Y la comida también es distinta. Se acabaron las cemitas y los tacos árabes; llegó la hora de probar los desayunos veracruzanos (increíbles los plátanos fritos con crema y quesillo), las picadas, el chilpachole de jaiba, las cocadas o el sabrosísimo  pescado a la veracruzana.

Con la calma del que viaja solo y observa, paseo tranquilo bajo las palmeras por el malecón de escultura en escultura (ahí está el buzo gigantesco de bronce), hasta que los miles de vendedores ambulantes, al grito de “güerito, güerito”, ven frustradas sus ventas, aunque siempre con la sonrisa eterna y la curiosidad sana ante el que llega desde lejos*. 

Sin mapa ni rumbo fijo (murió la pila del celular), terminé en el callejón de Toña la Negra (bolerista mítica de estas tierras), llegué al diminuto zócalo donde se hacen las muestras de Danzón, tomé el lechero obligado en la Parroquia (confirmado: aquí el café está increíble) y paseé por el puerto con la tranquilidad del que no tiene prisa por llegar: desde el faro neoclásico de Carranza (presidente que, al parecer, fue asesinado en la poblana Tlaxcalantongo) hasta el fuerte de San Juan de Ulúa que, al llegar, ya estaba cerrado. Casi mejor: quedan cosas pendientes para la próxima visita.


En resumen: días necesarios para descansar, perderme por las calles de Veracruz al son de las jaranas y las arpas, hojear el Dictamen bajo los portales del centro, colarme en un par de tianguis de artesanías tradicionales y terminar el día, como en aquel cuento de Cortázar, buscando los axolotl en el acuario. No encontré ninguno, pero sí me pareció el lugar perfecto para ordenar las ideas, escribirlas e ir haciendo balance de mis (casi) dos meses por esta tierras.


* No hay más que ver el homenaje conjunto que hay en el paseo a los emigrantes árabes y judíos que desembarcaron en su momento por esta colorística Puerta de América. Que ya puestos, y al igual que Puebla, es cuatro veces heroica por independizarse en su momento de españoles, franceses y estadounidenses por partida doble. 


Dejo fotos por aquí, que nunca está de más.






















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