19/12/15

Jornada de reflexión a nueve mil trescientos ochenta kilómetros de mi urna huérfana con la esperanza de que por fin llegue el cambio que hace falta

El gong de la oxidada democracia
marca el pistoletazo de salida.
Los políticos se quitan las batas, 
se muerden los protectores de boca,
se saludan con sus guantes de cuerda
y recitan la consigna partida. 
Y el cacareo marcial continúa
su gran coda de vítores.
Sus perfiles de monedas romanas
se han colocado de canto y se escrutan.
El de los calzones rojos arranca
con un gancho de izquierda improvisado
y el de azul satinado se defiende
con un extraño baile de tobillos.
Y mientras siga habiendo militantes
la lidia será eterna.
El contrincante que no estaba en guardia,
al estirar su gran brazo herrumbroso
rompe con un directo la mandíbula,
y ahora se desploma en el cuadrilátero
la carnaza grasienta y dolorosa
ante el obvio regocijo absentista.
Y tras el baile de tubos de ensayo
se vota el nuevo asalto.
Llega el puño ascendente con la furia
de un fantasma que recorre la lona.
El boxeador diestro, contra las cuerdas,
con cansancio de vaina desgajada.
Pero el árbitro aún no aplica el conteo
e improvisa un jab con otro cruzado. 
Y así repican las piedras prehistóricas
impacientes de fuego.
Los árboles de brazos no se parten
si no se altera la ley de la inercia
y los cráneos de mica que sudan
reciben esta somanta espantosa
ante el placer animal periodístico
que agita sus pulgares desde el palco. 
Y las tarjetas de los jueces nulos
no nos quieren dar treguas.
La refriega imparable de cuchillos
debe prolongarse ya ad infinitum;
el clamor de gimnasio dicotómico
necesita el combate interminable
con la falsa esperanza del nocaut
que por definición está prohibido.
Y los dos cobardes de las esquinas
no tiran sus toallas.

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