23/1/16

Gajes del azar (o no) despierto en enero en una ciudad y un país nuevos. Y ya van seis, si no me fallan las cuentas. Siguiendo mi rutina aleatoria de estrenar año en un lugar distinto, tocaba capital. Y así fue. Esta vez, la novedad fue terminológica: llegué al Distrito Federal y, al irme, ya era Ciudad de México. 
La megalópolis mexicana es… inabarcable. Calculo que si subo una vez al mes (son dos horas en camión), cuando llegue el verano ya podré conocer algo más. Paciencia, no queda otra; el monstruo capitalino es tan gigante como pensaba, así que me centré sólo en las colonias/barrios que pude visitar… y en las que fui acogido gracias a la generosidad y cariño de un viejo amigo de la infancia y de amigos y gente nueva que tuve la suerte de conocer. Sí, la hospitalidad aquí viene de serie. 
La primera parada, obviamente, es el centro histórico. Tras pasear por la Alameda Central y recuperar la sensación de espacio y ambiente de una capital, uno se topa con la maravilla arquitectónica del Museo de Bellas Artes (más de cincuenta metros de mármol coronados por la colorida cúpula de cristal) y la torre Latinoamericana (rascacielos que, recuerda, obviamente al Empire State Building). Y con miles de turistas, claro. La llegada al zócalo (gigante, como todo), al templo mayor (qué manía de construir siempre encima) y el paseo por Madero me obligó a comprar algunos libros de segundo mano, que tengo que completar mi lista de lecturas. Y en una de esas librerías me di cuenta de lo torcido que está todo. Es curioso. Investigando y preguntando un poco, descubrí que la ciudad se está hundiendo: no sólo por estar construida sobre un lago, sino por el peso de la gente. No es broma. Son casi nueve millones de personitas caminando, subiendo y bajando al Metro o atrapados en los atascos eternos de entrada y salida. Y sí, más allá de la sugestión lógica del dato, las torres de la catedral sí se ven algo chuecas y en algunas cuadras de Cuauhtémoc se notan los desniveles. O, al menos, así me pareció a mí.
Son tantas las delegaciones y las colonias que llevaría muchísimo tiempo conocerlas todas. Las que se pueden conocer, se entiende; uno ya se va a acostumbrando a preguntar cuáles son las zonas peligrosas. Es lo malo que tiene México, la verdad. No queda otra; si no, uno acaba perdido en el tianguis de Tacubaya dando vueltas en círculo, buscando el metrobús en Morelos o (casi) llegando por error a Tepito, que por algo lo llaman “el barrio bravo”. Aunque bueno, en el mismo centro (y, sobre todo, en el Metro), los carteristas (como en Madrid o Barcelona) hacen su agosto cada día. 
No hay más que ver en el mapa los casi 30 kilómetros de la Avenida de los Insurgentes para darse cuenta de las proporciones y distancias locas de esta ciudad. No fueron muchos días, pero conocí sitios bastantes “chidos”: Coyoacán de noche (mezcalerías y bares muy europeos) y de día (sí, me tuve que tragar las dos horas de cola para entrar en la Casa Azul de la amiga Frida Kahlo); el barrio mágico de San Ángel, donde pasé una noche (pueblecito de calles empedradas, casonas y placitas de libro como la de San Jacinto); el interminable bosque de Chapultepec (castillo real, lago, zoológico o el impecable museo de Antropología en un espacio que duplica al de Central Park y que recuerda, en parte, a El Retiro); la colonia Roma, Condesa, Hipódromo (mi ‘base de operaciones’), Florencia (allí comencé el año), Polanco (tipo barrio Salamanca) o el complejo universitario: acompañé a devolver unos libros a la UNAM (la universidad más grande del mundo) y, de paso, conocí el campus universitario con su jardines, murales y, sobre todo, el espacio escultórico: sitio perfecto para ver cerrar la tarde sobre un círculo gigante de lava petrificada.
Ganas de volver, pero todo a su tiempo. Si la lana/varo me lo permite, intentaré buscar algún nuevo destino para el fin de semana que viene que, según parece, hay puente por la fiesta de la Constitución. Todo se andará. Por ahora, a disfrutar del descanso poblano y ponerme al día con las lecturas mexicanas, que tengo en lista de espera (poética) a López Velarde, Bonifaz Nuño, Julián Herbert, Luis Felipe Fabre, José Vicente Anaya, Alain-Paul Malard y Abigael Bohórquez. No todo iba a ser Jaime Sabines.







No hay comentarios: