31/12/15

Pues sí. Había que aprovechar las vacaciones e ir conociendo más estados. El primero fue Hidalgo, y así aprovechaba para ver a un viejo (y gran) amigo que, gajes del azar, es y vive de/por estas tierras. Que ya iba siendo hora. Mochila, boleto/billete de camión/bus y, tras pasar por la vecina Tlaxcala, llegada a la capital: Pachuca de Soto… Ciudad del Conocimiento y la Cultura.
A la capital hidalguense se la conoce como La Bella Airosa (uno ya se imagina por qué) pero, la verdad, el año lo cerré en playera/camiseta, sin viento y con un sol de justicia… y de montaña. 
La llegada a Pachuca es bastante espectacular (tanto de día, como de noche) con todas las casitas apiñadas en las laderas de los cerros. Y, sobre todo, con la panorámica de la colonia Palmitas: nada más entrar por la carretera uno se topa con el conocido mural de “Pachuca se pinta”. (No me dio tiempo a tomar la foto de rigor… aunque casi mejor. Yo me entiendo). A lo que iba: ciudad acogedora, de origen minero e inglés, cuyas atracciones son el antiguo convento de San Francisco, el Reloj Monumental (que estaba en obras y apenas se podía ver) o el Cristo Rey de aires cariocas que corona uno de los cerros. Por otro lado, la zona plateada y el mastodóntico parque de Ben Gurión. Allí está la descomunal losa pictórica (la más grande del mundo, según parece), oficinas, hoteles, centros comerciales y atracciones balompédicas, para los que gusten. Y luego está el mundo vespertino/nocturno con sus cantinas, antros y locales, los taxis verdes que te salen gratis por no llevar cambio y ganar en un volado a cara/águila o cruz/sol (por cierto, muchos de ellos, estacionados en las iglesias y cubiertos de flores: aquí en México, cuando uno se compra un coche, hay que bendecirlo antes) y las pláticas/charlas sobre Pachuca, México, América, el mundo, la vida, la conquista, la pos(pos)modernidad y lo que haga falta. Lo mejor, sin duda, fue el recibimiento de los pachuqueños (se les llama, aunque a algunos no les hace mucha gracia, tuzos/topos, por su herencia minera)... y las delicias locales gastronómicas: los pastes (especie de empanadillas de papas y carne o de frijoles, entre otros sabores) y los tacos de barbacoa del mercado de Barreteros, que son cosa fina.
Y de sorpresa (lo bueno de no deambular solo esta vez): tuve la suerte de conocer dos pueblecitos cercanos. El primero: Mineral del Monte, apodado el pequeño Cornualles. (Que para todo el mundo es Real del Monte, por cierto). Pueblo mágico atestado de chilangos/defeños, donde comí unos pastes de diez frente a unas minas de plata. Mañana insuperable en un sitio idílico muy cercano a mi siguiente destino: Omitlán de Juárez. (Ya no sé cuántas esculturas he visto con el cabezón del famoso y polémico presidente mexicano). Omitlán es aún más pequeño... y pintoresco; qué bonitas son las combinaciones de tonos pastel de las casas de montaña. Paseo junto al río Amajac o Pánuco (aún no me queda claro), tianguis de rigor junto al mercado, gente lanzándose en tirolina, plática y más plática… y michelada merecida (nada que ver con la que yo conocía) contemplando el atardecer frente a las dos montañas verdes y gigantes que resguardan la colorida plaza central. De hecho, Omitlán significa (en náhuatl, se entiende) “lugar de/entre dos”.
¿El cierre perfecto? Fiesta casera (como en familia) y música final para conocer (medio en broma, medio en serio) el espíritu local: de "El triste" de José José (himno nocturno... y casi nacional) a Juan Gabriel para terminar (ojo al dato) zapateando "Las tres huastecas", con el hidalguense Nicandro Castillo de fondo. Ahí es nada. 
Toca levantarse pronto, por aquello de aprovechar el día, tomar el siguiente camión y, llegar (tras casi cuatro meses de espera) al Distrito Federal. Bueno, a Ciudad de México, que a finales de diciembre al senado aprobó el cambio… y ahora CDMX es el recién nacido estado 32.








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