19/1/16

Sin ánimo de ponerme existencialista, sí diré que en el arranque de 2016 me acompaña una pregunta ancestral y de difícil (imposible) respuesta: ¿quién soy? Y si a este interrogante le añadimos un contexto y cultura diferentes, no queda otra que observar cómo ante uno mismo se desdibuja (y complica) ese concepto tan extraño de la identidad. Las razones son obvias, pero no queda otra que aceptar que la única forma de conocerme es a través del otro. Y el otro (la otra) a través de mí.

Con permiso de la vieja posmodernidad y de la frustrante búsqueda en círculos de lo idéntico, diré que conviene romper con las raíces (reales o ficticias), aceptar y reconfigurar el nuevo paradigma mental y exponerse ante lo desconocido para aprehender y asimilar lo, aparentemente, conocido. Y en esas estamos… mientras espero mi turno en el Instituto Nacional de Migración.

Llevo dos horas y todo apunta a que me quedan otras tantas. No hay problema; no se me ocurre mejor escenario para volver a pensarlo; ni mi cédula de identificación fiscal, ni el número de mi RFC, ni el código alfanumérico de mi CURP, ni mi número de afiliación al IMSS, ni el del pasaporte, ni mi tarjeta de presentación, ni mi gafete laboral, ni el NUE de mi tarjetita verde de residente temporal, ni la referencia de mi constancia de antecedentes no penales, ni la de no inhabilitación laboral, ni mi reconocimiento médico. Ni siquiera la copia de mi acta de nacimiento. Todas estas hojas que ahora reordeno por decimoquinta vez no son más que eso: hojas. Y, aunque compare las fotos que tengo en la mano con las de los documentos, me queda cada vez más claro que esas imágenes que llevan mi nombre tampoco me representan.

Sabedor ya de las propiedades cuánticas del ‘ahorita’, me cruzo de piernas y observo al resto. ¿Me identifico en alguno de ellos? ¿Acaso alguien se identifica conmigo? Lo que nos une es lo que precisamente nos separa: somos extranjeros. Y la paradoja burocrática está servida: ¿qué significa ser extranjero? No hay más que quitarle el uniforme a ese funcionario de bigote mágnum, reubicarlo mentalmente en el país en el nací y, sin haber modificado ni un ápice de su identidad, se convertirá en extranjero.  Por lo tanto, desconfío del término. Y de que la condición de extranjero modifique la identidad. Acaso la construye, la replantea y, en el mejor de las cosas, la descubre.

En esta sala, la identidad oficial luce frente a mis ojos en la potentísima tríada del nopal (las dificultades), el águila (el pueblo guerrero) y la serpiente devorada (el enemigo). Más allá del simbolismo mágico que determina el fin de la peregrinación de los mexicas, la acertadísima imagen de esta patria/matria resume la esencia de un pueblo… en un tiempo (1325) y un espacio (Tenochtitlán). Y todo coronado por las victoriosas ramas de laurel y encino sobre el profético islote del lago Texcoco. Normal que la tierra “retiemble en sus centros” con el griterío hímnico de aceros, cañones horrísonos y bridones desbocados. Es increíble la fuerza que tiene la historia contada.

¿Y mi colectivo nacional? ¿Dónde está? ¿Alguna vez estuvo? Pienso en mi país. Un país de infinitas banderas que ondean arremolinadas en busca de su identidad romántica sobre la oficial, que todavía acompleja y no consigue representar a esa unidad, ya (quizá) inexistente. Pienso en los poetas del exilio. En Juan Ramón. En Larrea. En Alberti. En Moreno Villa. En Altolaguirre. En Chabás. En Cernuda. En Prados. E intento comprender si, una vez separados, fueron ellos los que construyeron la nueva identidad de los que se quedaron. Pienso en que Lorca pudo haber tenido una segunda oportunidad en México. Y, por alguna razón, resuena otra vez el hacha elegíaca de León Felipe. Átomos. Átomos que se muerden. ¿Es posible olvidar? Por eso cierro los ojos. Para olvidarme de todo lo impuesto (lo oficial) y descubrir quién soy, qué hago aquí y por qué estoy escribiendo esto.


Sé que el color de mi piel o de mis ojos aquí tiene un significado. Sé que mi origen, por culpa de unos antepasados comunes, también. Sé que la forma en la que hablo es diferente. ¿Pero y si tuviese más en común con el tipo del bigote que con la vecina de mi antiguo barrio de Lavapiés? Los otros (las otras) me preguntan continuamente que quién soy. ¿Y quién debería ser? ¿Quién es el otro? ¿Y la otra? ¿No seré yo mismo? ¿No puedo ser ella? ¿Acaso los otros son los que, quiera o no, determinan quién soy yo, aquí y ahora? ¿Y los míos? ¿Hacen falta para saber quién soy? Quizá no. Más aún: de pronto nace la posibilidad (antes no pensada) de decidir quién quiero ser. Quizá eso responda a la pregunta de por qué vine a México. El problema es que, de entre todas las realidades posibles, siempre llega un momento en el que se te obliga a improvisar una respuesta.

Artículo publicado en la revista Planisferio 

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