10/2/16

Órale
Uno se acostumbra a esperar. Eso pienso mientras, pasados los desproporcionados controles de seguridad, el conductor de Estrella Roja conecta su videocámara. Saludo, explicación y, asiento a asiento, nos enfoca con su diminuto objetivo. Si el atasco lo permite, en dos horas estaré de vuelta; salir del monstruo capitalino no es moco de pavo. Y sí: mis intentos de avanzar la lectura se desmoronan. La culpa la tienen el volumen de la película que escupen las pantallas plegables y las conversaciones simultáneas de los vecinos de asiento. Cierro el libro y escucho. Contra todo pronóstico, sonrío, saco mi cuadernito de viaje y amplío mi lista de vocabulario. Es curioso. Uno se acostumbra a expresiones y palabras nuevas y, por no sé qué razón, me da por apuntar el término y el contexto del hallazgo. Aunque la novedad comunicativa, que no he escrito en ninguna de las libretas que llevo siempre encima, es la no verbal.
La primera torpeza del extranjero es algo tan básico como el saludo: a las chicas, mano (luego se elimina cuando uno ya se conoce) y un beso en la mejilla diestra; a los chicos, apretón de manos, abrazo tocando corazones sin deshacer el saludo y estrujón final. Al principio uno no se aclara y, como hay que saludar a tanta gente, opta por abrazar a todo el mundo. Y así, todos contentos. Aunque lo que más llama la atención es, obviamente, el famoso saludo afirmativo que se hace con el dedo. Hablo del célebre gesto de doblar la articulación interfalángica… y, a ser posible, mientras uno asiente con la cabeza. Doblar el nudillo del índice para decir que sí, vaya. Costumbre, pensé, justificada por temas de educación; los horarios de comida en México son tan caóticos (desde por la mañana ves a paisanos comiendo sus memelas y bebiendo sus jugos de camino al trabajo) que es muy común que tengan la boca ocupada para hablar. Pero no. Descubrí que la maravillosa afirmación táctil la creó Capulina, humorista poblano de ascendencia libanesa, a la par que decía aquello de “Lo que diga mi dedito”. Y con la doble vertiente del sí y del no, según. Después, el Chavo del 8, el cómico setentero de la “garrotera” (la parálisis voluntaria que hacía cuando no entendía nada) lo popularizó, ya sólo como afirmación y diciendo “Eso, eso”. Y, al parecer, el uso ya quedó generalizado por estas tierras. Incluso con la variante del meñique. Modalidad vista en varias ocasiones, y que se hace con la misma mano con la que, en ese momento, se está dando un sorbo a lo que se esté bebiendo: de preferencia, chelas. Pues eso.
Otro gesto propio de un país donde el protocolo de saludos y agradecimientos es infinito, es la de alzar la palma de la mano hacia arriba (como los toreros cuando saludan al palco) para darte las gracias o el de la mano sujetando el codo con el puño cerrado para decir que eres un tacaño. Por algo se les llama codos a estos individuos poco solidarios, que andan pidiendo y escabulléndose continuamente de los pagos.
En España supongo que también hay ejemplos, aunque sólo recuerdo ahora los indescriptibles espasmos epilépticos del humorista malagueño, Chiquito de la Calzada. Járl. Si no lo conocen, búsquenlo en las redes y entenderán (o no) el surrealismo corporal de este señor andaluz. Pensaré en referencias más actuales, que aún nos queda una hora para llegar a la CAPU; me temo que uno ya empieza a estar grande. O cáscara, como escuché el otro día.
Pero a lo que iba. Luego descubrí (y en Puebla es raro, porque la mayoría de los emigrantes son alemanes, libaneses y, según parece, españoles) es el uso de algunos gestos italianos como el pellizco en el cuello del Me ne frego, (nuestro Me importa un comino; aquí, me vale verga) o el popular pinzamiento trémulo de dedos al aire del Che dice. Sin olvidarnos del, ya universal, gesto dell’ombrello, que puso de moda Fellini. Me refiero a esa ele gigante de brazos para mandar a la mierda a tu oponente. Porque si quieres que se vaya a la chingada, ya en contextos más callejeros, lo que toca es tronar la boca y levantar el puño volteado hacia atrás.
Mientras, y para evitar despedirme de estas líneas de mala manera, voy recopilando los términos y modismos de uso diario. Y más ahora que escucho a los viajeros de este camión, y me doy cuenta de que son un chingo, la neta: desde los chidos, los pedos, las ondas, los ahoritas, los bájale de huevos, los quiúboles, los sales, los vales, los cámaras, los carnales, las caguamas, los pachecos, las crudas, los chales, las huevas, los órales, los escuincles, los híjoles, los buenos telefónicos, los no manches, los haz de cuenta, los a poco o la variedad de expresiones mortuorias porque aquí, cuando te llega la hora (de eso hablan unos asientos más atrás), se puede desde chupar faros hasta toparse con la tremendísima imagen en la que te carga un payaso. Toma ya.
Por fin, el tipo de al lado termina su conversación eterna. Ahora soy yo el que, sin querer, pronuncia en voz alta su palabra comodín; la usó treinta y dos veces en los últimos diez kilómetros. Me mira extrañado. No pasada nada. Todo está bien. De hecho, creo que la utilizaré para titular todo esto.
Dicho y hecho.

Publicado en Planisferio

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