10/3/16

Ya era hora de hacer una escapada. Tocaba el estado vecino (libre y soberano) de Morelos. Y así fue. Aprovechando estos días de extrañas lluvias fuera de temporada, puse rumbo a Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera. Y, en efecto, manga corta y solazo. Probé con Oro (nueva compañía de autobuses), que cubre los destinos de Atlixco, Izúcar de Matamoros, Cuatla y, finalmente, la capital moreliense (que no moreliana). Asientos cómodos, la molestia de siempre de las pantallitas de techo que no dejan de sonar y más tiempo de lo previsto: tres horas en hacer poco más de 150 kilómetros. Pero eso sí (redoble de tambores), esta vez no fui solo… así que miel sobre hojuelas. (Creo que jamás he utilizado esta expresión en mi día a día, pero me encanta escribirla. De hecho, ahora que llega Semana Santa no es mala idea buscar el equivalente mexicano a la susodicha fruta de sartén que da nombre a esta expresión).
Cuauhnáhuac, que por la torpeza fonética de los colonizadores quedó como Cuernavaca, es una ciudad de contrastes. Al llegar, no había un alma por el centro. Y eso que era viernes noche. “Es este silencio lo que me aterra”, escribía en varias ocasiones Lowry en boca del cónsul alcohólico de “Bajo el volcán”. (Sí, quizá bebió muchos mezcales el amigo británico porque el Popo, como ya se me avisó, no se ve desde Cuernavaca. Licencias literarias, ay). Y sí, decía, por la noche (como todo México, deduzco), las alertas se disparan y uno activa sentidos nuevos y extrema el cuidado... y siempre opta por retirase a tiempo. Uno ya se acostumbra, me temo. El contraste, insisto, llega cuando uno amanece y se dispone a callejear con la tranquilidad que ofrece una mañana sabatina a más de 20 grados. Ahí están la catedral rosada (de las construcciones barrocas más antiguas de esta república), el jardín Borda (residencia en su momento de Maximiliano), el gigantesco palacio de Cortés (vivienda por aquel entonces del conquistador extremeño) y las callejuelas cercanas al zócalo, con parada obligada en el callejón del Libro. Y recordé, como era de esperar, los domingos en Madrid haciendo tiempo por la cuesta de Moyano, callecita libresca de Atocha que alimentó durante muchos años los anaqueles de mis librerías. Y luego, las cañas en La Aguja o, si se terciaba, las últimas en el Traveling. Qué recuerdos, sí. Ahora, tengo libro electrónico; viajar con miles de libros no es muy práctico, pero sí se echan de menos, para qué engañarme. Y las cañas también, claro. Pero a lo que iba: bonito, manejable y con mucho encanto. Así vi Cuernavaca mientras probaba los famosos tacos acorazados (los míos, de milanesa, papas y chile) en el mercado central, parada obligadísima en cualquier lugar que se visite; es la mejor forma de conocer la gastronomía local, como bien me dicen mientras sonrío al ver el cartel de "tacos chingones". (Vaya oración más larga que acabo de sacarme de la manga, por cierto. En fin).
La siguiente parada fue Tepoztlán, pueblo mágico, conocido por sus carnavales y, sobre todo, por la zona arqueológica plantada en la cumbre del Tepozteco. Ambiente rural de montaña, caminata espectacular (con cerveza michelada con chamoy, limón y chile piquín) y llegada al famoso monte, “hijo del dios del viento”… Pero los horarios no cuadraron: la famosa pirámide cerraba su entrada poco antes de las seis. No hay problema: ya hay excusa para volver. Además, así aproveché para probar las famosas tortitas de huazontle: la hierba local en cuestión, preparada con queso, sobre una base de caldo de jitomate y algún ingrediente más, que ya buscaré por Internet. Supongo. Curioso sabor. Tipo croquetas. Algo extraño, eso sí.
Descanso en un lugar azarosamente paradisíaco (jardín enorme con focos colgando de los árboles) y vuelta a Puebla, con la sensación de desconexión y descanso que tiene romper la rutina semanal y moverse por este país tan diverso y estimulante. A punto de cumplir medio año por acá, puedo (casi) afirmar que México es un república impresionante. Y eso que aún me faltan muchísimos estados por conocer. Tiempo al tiempo.






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