11/4/16

Mi cumpleaños y Semana Santa (entre otras cosas) fueron las excusas perfectas para conocer Chiapas. ¡Por fin! Tras tres horas de espera en la mini caseta de ADO, conseguí los boletos para el camión nocturno de OCC (Ómnibus Cristóbal Colón), que en 11 horas te deja en Tuxtla Gutiérrez, la tierra del amigo Jaime Sabines.
Dicho y hecho. 
Llegué a las 7 de la mañana, con casi cuarenta grados a la sombra. Mochila en la consigna y bus directo a Chiapa de Corzo para, con permiso de los parachicos, ver el cañón de sumidero. Qué locura: paredes de caliza de cerca de un kilómetro rodeadas de una vegetación impresionante, que se levantan sobre el cauce del río Grijalva, el segundo más grande del país (nace en Guatemala) en un estado, paradójicamente, con infinidad de pueblecitos a los que no les llega el agua. Lancha de rigor, bloqueador solar y cerca de una hora de feliz movimiento acuático. 
A la vuelta, y tras probar el pozol (la bebida tradicional de cacao y maíz), vuelta a la capital para probar los platillos locales en el mítico restaurante de Las Pichanchas. Al son de las marimbas de la entrada, llegó la botana tradicional (típica aquí, en cuestión de “aperitivos”, es la butifarra), tamales de chipilín (en maya, “hojas de luna”) y cochitos, entre otras delicias de la ciudad de los “conejos”… que ese es el nombre de la capital chiapaneca en náhuatl.
Y de los conejos a los coletos. ¡Vivan los gentilicios mexicanos! Los coletos, por si alguien duda, son los oriundos de la maravillosísima San Cristóbal de las Casas. No descubro nada, pero qué cosa tan bonita. Es pasear por las calles principales (ya sea bajo la última luz de la tarde o con la noche ya avanzada) y uno se olvida de todo y entra en un universo totalmente distinto: pueblo de montaña (y por fin comprendo lo de “mágico”) con un colorido y un movimiento increíbles. Música por doquier, zócalo repleto de actividades, gente tranquila y sonriente y mezcla absoluta de nacionalidades en feliz comunión con los indígenas, con sus ropas y productos tradicionales a cuestas. Eso sí, cada vez me cuesta más (creo que nunca me acostumbraré) ver a tantos niños trabajando y pidiendo por la calle. 
Día más que completo para continuar rumbo a Comitán de Domínguez. Pequeño lugar con encanto, del que salen las furgonetas que te llevan a los increíbles cenotes que separan a México de Guatemala. De hecho, uno de esos lagos (el internacional) divide la frontera y, como crucé al otro lado, técnicamente puede decir que pisé suelo guatemalteco. (Cuando compre mi Scracth Map, tendré un país más que rascar). No conozco Guatemala pero, por las pláticas y comentarios que he escuchado, Chiapas quizá tenga más cosas en común con el país vecino: desde el clima, la gastronomía, la cultura… incluso el temperamento, según parece. Sin ánimo de generalizar (aunque, a veces cuesta), Chiapas es muy distinto a lo que he visto en México. Y, por ahora, y sin ánimo de comparar (aunque también cuesta), probablemente de lo más bonito, en muchos aspectos. 
Acompañado de la mejor guía posible (una familia chiapaneca), conocí primero la cadena de cascadas de El Chiflón, en la cercana Tzimol. Tenis cómodos (ojo, aquí zapatillas son zapatos de tacones), hidratarse como es debido con coco y jugo de caña… y a subir por el sendero hasta la más alta de todas: la cascada del velo de novia. Felicidad importante por llegar a la cumbre, otear el paisaje y recordar (que a veces se me olvida) la suerte que tengo de poder vivir lo que estoy viviendo. 
Tarde de paseo tranquilísimo por Comitán, la tierra de Rosario Castellanos, con aguacero fugaz incluido, y último día (lo que tienen las visitas exprés) para conocer las lagunas de Montebello. Esto es: combi diminuta, una hora por la carretera Panamericana y llegada a los altos de Chiapas. Domingo de desconexión total, sí, en un entorno único: no recuerdo haber visto yo tanto verde ni tanto azul de golpe. Qué barbaridad. Me temo que en Chiapas no hay nada feo. Cada lago, gigante y silencioso, es de un color distinto y te provoca mil cosas a la vez. No es broma. Esta tierra es lo que tiene. 
En Tziscao, ahora que recuerdo, aproveché para comprar café (hay dos: yo opté por el que hacen las mujeres), preparar algo de comida y al autobús de vuelta a Puebla... que desde Comitán es aún más tiempo. De hecho, tardamos 16 horas. Y para rematar la faena, en la única parada que hicimos (un bar de carretera en Tinajas, Veracruz) me dejé la cartera con toda la documentación. Hacía tiempo que no perdía nada. Menos mal que, cosas del azar y contactos de contactos, conseguí que llegase de vuelta en otro camión, días después. Ea, porque vaya susto. Ahora que no trabajo en el ayuntamiento estoy yo como para perder los papeles. 
Pues eso. No creo que haya mucho movimiento este mes, pero haré lo posible porque, antes de que lleguen las lluvias, conozca Acapulco, Oaxaca y Playa de Carmen que son los tres destinos que tengo aún sin palomear en mi lista de viajes por hacer. (Me encanta el verbo "palomear"). Aunque, eso sí, de Chiapas me falta Palanque y conocer las playas. En fin. Ya veremos. Se os quiere, que es lo importante.













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