23/5/16

A punto de cerrar mi primera etapa en México (ya saltaron las alarmas de aviso del boleto de vuelta) y, gajes del azar (o, más bien, una entrevista de trabajo), tuve la suerte de conocer un estado más: Tlaxcala, el más chico de todos. De hecho, si se compara con el más grande (Chihuaha) uno se da cuenta de sus diminutas dimensiones; en el estado norteño entran 45 Tlaxcalas. Ahí queda eso.
Calor de rigor (y más si uno va con saco por exigencias del guión) y llegada al centro por una de las calles empinadas que bajan a la Plaza de la Constitución. Familias tlaxcaltecas paseando tranquilas y gestos amables y risueños. ¡Qué maravilla! Nunca fue tan fácil ni tan efectivo preguntar por mi destino. Y uno ya no se sorprende viviendo en Puebla, pero la parroquia de San José es bastante impresionante: es la que guarda el famoso niño milagroso. Y también la catedral, claro está. ¡Viva la combinación de barroco novohispano y estilo mudéjar! 
No había mucho tiempo (es lo que tienen los viajes relámpago), así que aproveché para pasear por el centro y (h)ojear los puestos de libros de ocasión con los que me topé en la explanada de la parroquia. Ya, debí pasar por la plaza de Toros pero tampoco son sitios que me interesen mucho, la verdad. Y más viniendo de donde vengo. El caso. En vez de tomar la combi de rigor (la odisea para venir, pasando por Apizaco, fue fina), seguí las indicaciones hasta la terminal de autobuses y así pude subir, de rebote, los 244 peldaños de la Escalinata de los Héroes. En la cima, vista de pájaro de la ciudad bajo la mirada preocupante del guerrero que da sobrenombre al estado: Xicohténcatl. Leyendo su biografía en el camión de vuelta, uno no sabe al final si fue un héroe o un traidor (yo tengo mi idea). Lo que sí que queda claro es que los tlaxcaltecas decidieron unirse con los conquistadores para machacar a los aztecas de la vieja Tenochtitlan. Cuanto menos, curioso. 
Quedé con ganas, como siempre, de conocer más sitios (el parque de La Malinche, Huamantla…), pero todo se andará. Lo bueno es que en una semana (¡viva la planificación de hace meses!) estaré conociendo, por fin, Oaxaca y cerraré de la mejor manera posible mi colección de estados de esta primera etapa con Jalisco, CDMX, Puebla, Morelos, Hidalgo, Tlaxcala, Veracruz y la maravillosa Chiapas. (Creo que no se me olvida ninguno).
Huatulco me espera, gente. Y haciendo la escala de rigor, rumbo a Madrid con la sensación de que el que vuelve ya no es el mismo. Veremos. Pero eso sí: hay que aprovechar el mes de junio para presentar el libro y hacer trámites varios (Hacienda me llama), entrevistas, elecciones... Y, lo más importante, claro está: ver a los amigos y a la familia para introducir en España la palabra mágica que resume, creo, la idiosincrasia de este bellísimo país: el apapacho. 
¡Que siga la aventura!







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