30/5/16

Y la despedida de mi primera etapa en México fue, por fin, en la maravillosa “punta de la nariz del guaje”. O lo que es lo mismo en náhuatl: Oaxaca. No la capital (queda pendiente), sino parte de sus más de 600 kilómetros de Pacífico. Más en concreto, las nueve bahías y más de treinta playas, escoltadas por la impresionante Sierra Madre, de Huatulco. En avión, en menos de una hora desde CDMX, uno aterriza y ya nota la humedad y el ritmo tranquilo de una ciudad de costa que te recibe en un diminuto aeropuerto que es, literalmente, una palapa. Directo al mar en Santa Cruz y, por fin, a desconectar de todo. 
Se intentó rentar un coche pero, finalmente (y menos mal), encontramos a un taxista que, por muy poco, nos hizo el recorrido de rigor. O no tanto, porque, vaya usted a saber por qué, encontramos a muy pocos turistas y espacios casi vacíos. Mejor, imposible. 
Primero, le llegó el turno a Santa María Tonameca, en Pochutla: “la ciudad donde se acuesta uno y amanecen dos”. Risas del taxista y muchas dudas, porque no queda claro si habla de sexo o de narcotráfico, pero no importa porque el amigo, que no deja de hablar, ya nos avisa del peligro que tiene la sombra del tatatil: con sólo pasar, dice, te salen ronchones en la piel. Y señala con el dedo el árbol en cuestión, mientras dice que si queremos unos manguitos que está viendo unos metros más adelante y nos enseña la casa que vende su hermana. Por suerte (o desgracia), aún seguimos en el taxi, así que ni una cosa ni la otra. Eso sí, una hora de trayecto con infinitas curvas, pero con un verde galáctico que, por mucho que no quieras, te obliga a poner cara de niño embobado ante un escaparte de un dulcería.
Y, de pronto, las playas de San Agustinillo, La Ventanilla y la conocida Mazunte en la que, por cierto, ya no hay casi tortugas: al parecer, el huracán Carlota destrozó millones de nidos. A pesar de las olas gigantes y las banderas rojas, paseo por la arena caliente, baño de rigor y sensación de paz, como pocas veces he vivido. Quizá más, camino de Puerto Ángel, en la famosa Zipolite, donde, como uno puede imaginarse, tocaba darse un baño y quedarse mirando el horizonte en pelota picada y hacer la reflexión obligada, con balance de año incluido. Qué maravilla. Y así, una tras otra, porque la playita de Puerto Ángel también parece sacada de un postalita paradisíaca. Qué barbaridad. No exagero. ¡Viva la contemplación! ¡Y los mezcales oaxaqueños! 
Desconexión total con poquísimos pesos al día y toma de fuerzas para la nueva etapa (sea la que sea), con una sensación nueva. Decía Borges, creo, que hay gente que nace por equivocación en un país y cuando llega a un sitio en concreto regresa, sin saberlo, a su hogar. No sé hasta qué punto puede ser cierto o no, pero México lo es desde el primer día que llegué, con las mismas maletas con las que ahora marcho a Madrid y la sensación de sentirme más vivo que nunca. 
Veamos qué sensaciones encuentro en la península, qué posibilidades de futuro hay y cómo encajo el regreso o la visita. Todo está por ver. Me esperan amigos, familia, un par de libros (que no es moco de pavo) y alguna que otra entrevista de trabajo. Pero eso sí, en México dejo amigos (algunos ya hermanos), experiencias de todo tipo (desde trabajar en el gobierno a levantar en equipo una morada), vivencias únicas, viajes (planeados e inesperados), proyectos (rematados, inconclusos y hasta fallidos), aprendizajes constantes y la mujer a la que más quiero en el mundo. Por eso llego a España tranquilo, porque sé que parte de mí ya es mexicana y eso, muy a tono con la paradoja infinita de este país, me da una seguridad implacable. 
Quién me lo iba a decir. Vamos a ver cómo están las cosas por Europa. Me da que junio será un mes de escribir mucho, pero ya no por aquí. O sí. Quién sabe. Por ahora, todo me sigue oliendo a maíz, así que aprovecharé el tirón. 
Hasta luego, México!










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