5/9/16


El camión de la basura pasa por mi calle tres veces a la semana. Nada fuera de normal. Salvo mi pequeña rutina: antes de bajar, oteo la esquina (el lugar de la recogida) para ver si el resto de vecinos ha amontonado ya sus bolsas.

Tarea no tan fácil; mis obstáculos son la oscuridad de la noche y el reducidísimo campo visual que me deja la loca maraña de cables del poste de luz. No consigo ver bien (¿habré perdido vista?) y, justo cuando asomo medio cuerpo más allá del alféizar, el perro de enfrente suelta su primer ladrido de la noche. Oído. Ya es hora de bajar; otra cosa no, pero a ese animalillo en puntualidad no le gana nadie. Dicho y hecho.

En la mera esquina. Texto íntegro en Planisferio.

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